23
Oct
09

Asalto

La primera calada me hizo toser. Tenía la garganta seca, después de tanto correr. Me encontraba en el cruce de Whitechapel Road con Mile End Road. Un frío intenso había asolado las calles. Era noche cerrada y la niebla apenas me dejaba ver a veinte metros de mí. Eché a andar hacia arriba, respirando primero por la boca para recuperar el aliento, luego por la nariz. Notaba el picor trepándome la faringe. Las únicas luces encendidas de todos los establecimientos de Whitechapel Road me llevaron a un veinticuatro horas, la única tienda abierta de toda la avenida.

Dejé el cigarro apoyado entre el freno y el manillar de una bicicleta encadenada junto a la puerta del veinticuatro horas. Entré y compré una botella de agua de medio litro. Bebí casi la mitad de un trago.

Al salir, recuperé el cigarro y seguí fumando. No sabía a dónde ir.

Recordé a Lynn.  Su recuerdo se me presentaba entre brasas.  Se me dibujaba su rostro difuminado, evanescente, pero sin lugar a dudas era ella. Decidí que quería, que debía vivir junto a esta chica la aventura más sensual y atrevida de mi vida, y me conjuré para no escatimar en esfuerzos hasta encontrarla. Había de derramar hasta la última gota de mi sangre sobre ella, y así saciar esa sed que hacía a mi estómago agitarse de pasión incandescente.

Dirigí mis pasos a Commercial Road. Me perdí por las callejuelas nervioso, esquivo. Entré en un bar tras otro describiendo a esa chica de piernas torneadas, labios carnosos y pechos firmes, desafiantes…pero nadie la había visto. Tomé New Road a la izquierda, preguntando en cada esquina por esa fascinante mujer que me deseaba aún sin saberlo, o siquiera recordarme, y que mil veces prometió hacerme pasar la noche de sexo más salvaje y a la vez tierna de nuestras vidas, aún sólo con su mirada.

Llegué a Commercial Road. El panorama era idéntico al de Whitechapel Road. El frío y el viento se habían hecho con la calle, vaciándola de peatones. Continué hacia el bar Castle en trote acelerado. Llegué allí ya jadeando, sudando por la espalda, la camisa saliéndoseme por fuera del pantalón.

Entonces, cuando menos me lo podía esperar, entreví a una chica con minifalda apoyada sobre la fachada del Castle, sola y con la mirada perdida. Fumaba un cigarro que sujetaba su mano izquierda. A través de la niebla traslucía parte de su figura, bellísima y singular, absolutamente erotizante. Un sentimiento de certeza pasajera se apoderó de mí y salí a su encuentro, lleno de amor ó de sexo ó de un ansia depredadora que no podía contener. Ella, que más bien escuchó los pasos apresurados y el jadeo antes que verme, debió asustarse, y reaccionó rápidamente con un movimiento felino, escabulléndose detrás de una bocacalle.

Se inició una persecución absolutamente animal, yo me acercaba más y más a mi presa pero sin ser capaz de darle alcance. Era sorprendentemente ágil y aunque menos veloz, me despistaba desapareciendo una y otra vez entre las sombras, detrás del patio de una iglesia primero, luego a través de un solar, entre calles sinuosas, laberínticas, que yo jamás había pisado pero ella parecía conocer admirablemente. Yo estaba cegado por el deseo, sin embargo, y éste empujaba a mis piernas; no existía el cansancio, sólo un impulso irrefrenable por atrapar a esa extraña mujer, por descubrir si era la musa de mis sueños, si era ella, a quien perseguía, ella, a quien tanto deseaba, su boca húmeda, sus pezones de caramelo endurecido, ella, la que me había de besar y lamer entre lágrimas de puro goce, a quien quería poseer, o si era una más, otra cualquiera. Poco a poco fui acortando la distancia que nos separaba, consciente de que ella ya casi sentiría mi aliento en su nuca, mis zapatos golpeando secamente el suelo gris de adoquín. Más y más cerca.

Esos nervios hicieron a la chica cometer el fatal error que yo esperaba; aterrada ante la amenaza de mi boca y mi verga hambrientas de sexo, se adentró en una callejuela sin salida. Cuando advirtió que la persecución había finalizado, que había caído en mis garras, desesperó emitiendo un grito ahogado, tanto que no lo podría haber oído nadie más que yo. Ella estaba al final del callejón, que era tan angosto y húmedo como para respirar el olor del verdín agazapado sobre las cornisas, en cada intersticio entre los viejos ladrillos de los edificios colindantes. Yo me acerqué hacia ella en la más completa oscuridad, pero extrañamente tranquilo como nunca lo había estado antes, con la flema del asesino en serie, del depredador acostumbrado a acorralar, morder, desgarrar, matar, devorar. No la podía ver, pero olía su carne, olía la turbación del sexo violento en su sudor. También oía su respiración entrecortada. Pretendí en vano relajarla, “no te va a pasar nada malo”, le dije. Pero siguió respirando de la misma forma, gimiendo, parecía a punto de echarse a llorar. Yo no sentí nada. Quizá indiferencia, relajación por alcanzar al fin mi propósito. Seguí andando hacia ella con pasos ya muy cortos, hasta que estuvimos el uno frente al otro.

Di un paso al frente y choqué con sus piernas. Noté entonces un escalofrío que la recorría, y posé mis manos en su cintura en un ademán tranquilizador. Temblaba como un chiquillo asustado…

Apoyé mi cuerpo contra el suyo, su respiración acelerándose más y más, y aproximé mi boca a su oreja derecha, rozándole la mejilla. Ella casi se cayó al suelo, exhalando pequeños suspiros que se sentían agudos, desvanecidos, y sólo la pude yo mantener en pie, tomándole suavemente las manos. Le susurré al oído, casi soplándole en el interior de la oreja:

“Soy yo, ¿me recuerdas? Tú eres Lynn… ¿no es así?’”

Y resultaste ser tú; yo ya lo sabía, pero más aún me alegré por haberte reconocido entre la niebla y las sombras. Un grito retumbó en mi garganta, triunfante por haber culminado la extenuante cacería a la que te sometí. Y me abrazaste como poseída, fuertemente; supe que jamás habías deseado a nadie más que a mí en aquel momento. Apretaste tu cuerpo al mío tanto que no podía respirar. Empecé a sentir tus besos en mi pecho, y yo te acaricié el pelo tiernamente, enormemente feliz de tenerte en mis brazos. Tomé tu cintura y la apreté contra mi sexo, y volvieron tus temblores y un chillido se te escapó por los labios. Esos labios se alzaron entonces hacia mi cuello, los dos atrapados cada uno en el otro, y dejaron allí un beso, niña, que fue como un batir de alas de mariposa, un beso que fue como se los que se dan las briznas de yerba cuando el viento las mueve y chocan entre sí. Me estremecí perdiendo el equilibrio, se me nublaba la vista, ya casi no sabía donde estaba. A ese primer beso siguieron otros, y luego mordiscos llenos de furia y lujuria, desde el cuello a la oreja, y de allí al hombro, al brazo, al pecho. Fue un ataque feroz el tuyo, y sólo podía defenderme devolviéndote los golpes, así que pasé de nuevo a la acción. Con mi mano izquierda acaricié tu cabeza, y luego la apreté contra mí; con la derecha hacía movimientos pendulares por tu espalda, clavándote las uñas en el fino vestido de raso que te cubría hasta la media pierna. Y esa misma mano, poco a poco, bajó hacia tu culo, agarrándolo salvajemente.

Tus besos me dolían, aún me duelen; es un placer asesino y cruel porque no los volveré a tener. Tu boca era aguardiente, me quemaba.

Y yo me consumía en tus brazos, me entregaba a ti. Metí la mano derecha debajo del vestido, y noté tu carne trémula, ardiente. No pude resistir más y decidí tomarte el frente; en una rápida maniobra, introduje mi mano por debajo de tus bragas, por delante, y pude notar cómo ríos de corrida se deslizaban desde tu sexo hacia los muslos. Fue tal la intensidad de ese ataque que no pudiste soportar más y desfalleciste, precipitándote al suelo entre gemidos y arrastrándome junto a ti.

Estábamos los dos en el suelo, ahora separados, como víctimas de una explosión interna de violencia ardor y sexo y deseo. Te abalanzaste sobre mí, cogiéndome la polla sobre el pantalón. Yo no sabía si quería parar, seguro de que tanto placer podía ser mortal. Me bajaste el pantalón y yo me subí la camisa, llorando como un niño, pidiéndote ‘¡sigue, por favor, mátame de placer, soñaba contigo, con esto, te quiero, eres mi diosa, chúpame!’. Y tú movías tu cabeza sobre mi polla, arriba y abajo, y me acariciabas; yo te cogía la mano y me la ponía sobre el pecho. No tardé mucho en correrme, y lo hice abundantemente dentro de tu boca, derramando también la leche sobre tu cara y tu pecho. Ahora me tocaba a mí; tomándote por los hombros me incorporé y besé tus labios inmóviles, casi carentes de vida, vaciado su ardor en el éxtasis del sexo. Mi cuerpo y el tuyo eran sólo nervios ya; nervios hipersensibilizados en nuestra carne, nervios eléctricos y azules que suplicaban una dosis más de amor, y otra, y otra.

Te apoyé contra el suelo, y me puse encima tuya; comencé a arañarte suavemente los brazos mientras nuestras caderas jugueteaban al compás. Te quité la camiseta y el sujetador, y pude contemplar tus pezones erectos, fríos sobre el vientre caliente. Posé mis dientes sobre el izquierdo, ¡cómo gritaste!, y con mis piernas abrazaba las tuyas. Te tomé las manos, y fui recorriendo desde el centro de tu cuerpo a un lado y a otro, mi lengua pintando cada centímetro de tu piel con saliva espumosa. Los líquidos que segregaban nuestros cuerpos fueron lentamente mezclándose, resbalando por toda nuestra piel y absorbiendo otros hilos y fluidos a su paso. Pronto nos vimos cubiertos de una viscosa capa de emulsiones de placer en efervescencia incomparable, hirviente la sotacarne. Te mordía sin parar, te besaba, te lamía, y sin prisa descendía hacia tu coño, que no hacía sino mojarse cada vez más. Tu precioso coño, vestido de domingo como aguardando a su amante, entreabierto y brillante por la corrida que de él manaba. Pero aún no había llegado el momento de encontrarnos. Yo lo sabía y decidí darle un poco con la lengua, sorbiendo todo su jugo. Lo tomaba en mi boca y lo vertía en tus dedos, y tú también lo lamías, ¡y qué caliente y sabroso estaba! Dibujé con mi lengua círculos y espirales, metía en tu coño mi boca y lo besaba, dejaba a mi lengua explorar secreta y sigilosamente las cavidades que contenía, mientras con mis dedos frotaba sus labios y el resorte supremo de tu goce. Jugué y tú disfrutaste, ¡no sé si yo disfruté más! Y te metí la nariz ahí dentro, y olí lo salvaje y me corrí un poco más, y luego te lo volví a beber, y tu culo endurecía contra el suelo. Jadeabas entre convulsiones y gritos ya desgarradores, te movías sin cesar.

Sin hablar decidimos que ya no había razón para esperar más, comenzamos a dar vueltas el uno sobre el otro, pegados, nuestra carne dura, los músculos tensos, llegó el momento de hacernos uno solo, y sin que tú ni yo advirtiéramos quién estaba abajo o quién arriba, o quién era tú y quién era yo, los dos de repente notamos que no nos podíamos juntar más, que yo ya estaba dentro de ti. Fue como volver a nacer, la carne de tu sexo pegada a la del mío, las dos carnes mojadas y juntas y nerviosas, agitándose mi polla dentro de ti. Tus piernas engastadas en las mías, tu pecho el mío, tu aliento sobre mi cara. Nuestras caderas moviéndose como engranaje, acopladas, nuestros brazos agarrando la espalda del otro, la cara, la cabeza entera. Los dos nos movimos en frenesí, el uno sobre el otro, y sólo recuerdo no haber sentido mayor placer. Nada más. Sin problemas, sin amigos ni enemigos, ni familia, sin trabajo, sólo nosotros dos y nuestros cuerpos infatigables moviéndose en frenesí, en frenesí, una y otra vez en frenesí, así, sin parar, sigue, por favor, te quiero, abrázame, eres sólo mío, bésame, quiéreme, te necesito, por favor, no puedo más, esto es increíble, siempre quiero estar así…y más, sin parar, corriéndonos el uno dentro del otro sin llegar nunca a secarnos, sin separarnos, no quisiera que esto acabe….

Así fue cuando follamos por vez primera, extasiados y hasta sufriendo nuestra pasión durante horas. Toda la noche envueltos en la niebla, mudas las calles. A varias manzanas, centenares de gentes despertándose para ir al trabajo, comerciando, alimentándose de una realidad famélica, insulsa, putrefacta, y nosotros sobre la piedra, abrazados, derrochando ternura, calor y sexo. Ajenos al mundo que seguía su curso a nuestro alrededor, aquella noche morimos cada uno dentro del otro, provocándonos, sin cesar, inmenso y mutuo placer.

18
May
09

Asalto a un tren en marcha

Cameron sabe que ya no puede esconderse más. Las palabras de Zarkov resuenan en su cabeza pulsando resortes que él mismo quería haber evitado. Pero ya no puede hacerlo más. Su realidad se le presenta ahora como una compilación enmarañada de recuerdos y de sueños, de deseos y de frustraciones. Comprende que la única forma de seguir adelante es afrontar la verdad. Por muy dolorosa que sea.

Durante veinte años, Cameron había reducido su existencia prácticamente a las cuatro paredes del cotolengo, que por demás era su domicilio, y el cual sólo abandonaba por tres razones. Muy ocasionalmente, cuando la ansiedad del encierro le comía por dentro, para dar un paseo por el barrio; un poco más a menudo, digamos una vez cada dos o tres días, si se les terminaba el suministro de papel higiénico, o de huevos o bacon o judías; y por último, el motivo más molesto y recurrente –a diario, e incluso dos veces al día-, para sacar a rastras a Bowen del Salmon&Ball, ebrio ya hasta el delirio y con los bolsillos de la chaqueta vacíos y vueltos hacia fuera.

– John, a veces me pregunto de dónde coño sacas todo el puto dinero que te pules ahí dentro.

– Uhhh…ahhh…he, he, he…

Bowen carraspeaba un poco, se aclaraba la garganta con aspereza y lanzaba un escupitajo impreciso que podía alojarse en el suelo, en la bata o los zapatos de Cameron, pero que las más de las veces ni siquiera despegaba, resbalándole por su propia barbilla hasta el cuello y el pecho.

– Ehh…he, he, he…tiene gracia, ¿no? ¡Qué cabrón!

Y se quedaba dormido en los brazos de Cameron, obligándolo a arrastrar su peso muerto cien metros más hasta el cotolengo.

Cada día, en torno a las diez de la noche, Cameron ayudaba a Bowen como buenamente podía a subir las escaleras del cotolengo hasta la segunda planta. Era común que éste se resbalara o tropezara en los estrechos escalones, o en el recodo, y que cayera, imposible de incorporar de nuevo. Frecuentemente arrastraba en su caída a Cameron, y le hacía golpearse el hombro o el codo con la barandilla, o la rodilla con la arista de un escalón. Cameron estaba jodidamente harto de estos episodios, huelga decirlo, pero por el cariño que tenía a Bowen los soportaba con beata paciencia. Jamás involucró a Zarkov o a alguna de las enfermeras en esta penosa faena, no por ahorrarles el mal trago, sino más bien por temor a las repercusiones que pudiera tener eso sobre su amigo. Y aunque mucho le perorara a Bowen todas las mañanas, por intentar concurrir con sus mayores momentos de lucidez, siempre se topaba con una resaca de padre y muy señor mío, y Bowen no se enteraba de las sílabas pares ni de las impares. Tal y como salía de la ducha, se secaba con descuido, se embozaba la chaqueta como podía y se tiraba indefectiblemente al Salmon&Ball. Cameron terminaba por no saber qué desearle a su amigo, si un fin trágico o este drama perpetuo.

Cada día, cerca de las once de la noche, Cameron se sentaba, exhausto, en una butaca junto a la cama de Bowen. Se secaba el sudor y descansaba durante unos minutos mientras contemplaba el cuerpo inmóvil de su compañero, tendido en postura inverosímil sobre su cama, tembloroso, balbuceante y enfermo de alcohol.

A veces, mientras esperaba a los primeros ronquidos de Bowen para abandonar su habitación y acostarse en su cama, Cameron se transponía un poquito, con la cabeza apoyada en una oreja de la butaca, sus brazos sobre los brazos de tela marrón floreada, y las piernas extendidas sobre el parqué. Experimentaba entonces una duermevela melancólica, que no era del todo continua ni tampoco intermitente, sino algo así como un paquete de fibras musculares que partían de la relajación total, y de repente se tensaban violentamente hasta dar la impresión de romperse por el centro. Segundos de placidez, o al menos de un cierto reposo nervioso, precedían a intensas ensoñaciones donde se mezclaban imágenes y situaciones deformadas de una realidad aparentemente actual con diversos elementos traumáticos de su adolescencia o niñez.

Podía así ocurrir que se viera a sí mismo con nueve años, sentado frente a un pupitre parapetado en el tercer escalón de una pirámide de clasificadores de nueve niveles de altura. Su gesto era sereno al desclasificar los documentos, estudiarlos y realizar anotaciones sobre ellos. Una vez concluido este examen minucioso, los cuadraba sobre la mesa, los grapaba y los reclasificaba según etiquetas que él mismo colocaba en las esquinas superiores de cada colección. Normalmente su destino eran pilas que correspondían a los escalones de niveles adyacentes. El no tenía más que acercarse a la pila en cuestión y colocar los ficheros donde correspondiera. El proceso se repitía indefinidamente hasta que llegaba a sus manos un fichero que debía reclasificarse en uno de los pisos no adyacentes. La distancia entre escalones era muy grande y permitía saltar a un escalón inferior, pero no trepar al escalón siguiente. Así, si por ejemplo Cameron se encontraba con un fichero del piso séptimo entre las manos, no sabía qué hacer con él. Echaba a andar por el piso donde se hallaba, rodeándolo una y otra vez, farfullando quejas ininteligibles, exaltándose más y más, hasta que tarde o temprano sufría un arrebato de rabia y acometía contra la pila, haciendo volar los documentos y desparramándolos por el suelo. Se sentaba entonces en la silla, al lado del caótico montón de documentos, y rompía a llorar.

O que reviviera escenas de su etapa de prófugo de la justicia, escondido en el interior de un contenedor de residuos orgánicos a la puerta de un off license, mientras esperaba a que una patrulla de policías pasara de largo. En la realidad no llegó a pasar más de quince minutos confinado en aquel contenedor, pero en el sueño, el mozo del off license que vigilaba a la patrulla no era aquel chico pakistaní, sino el doctor Nelson Soto. Durante varias horas Soto le informaba sobre los movimientos de la patrulla, le contaba chistes y le transmitía sus ánimos. Pero de repente se hacía el silencio. Cameron entendía que Soto se había ido pitando sin avisar, dejándolo allá abandonado en el contenedor. En primera instancia, nada impedía a Cameron salir del contenedor salvo el miedo a asomar la cabeza y ser descubierto por sorpresa. Pero optaba por quedarse ahí dentro para ahorrarse el disgusto y la cárcel, que nunca queda bien en el currículum.

La noche era fría y húmeda en el contenedor. Para combatirla, Cameron se apoyaba y encogía contra las paredes, que estaban pringosas por los líquidos vertidos en el interior, aceite usado, tomates podridos, costras de pollo frito adheridas al plástico de las superficies del contenedor. Así evitaba el frío, pero el grado de asco era insoportable y sentía deseos de vomitar. Acababa por acomodarse en el centro del contenedor, y allí se quedaba dormido. A mitad de la primera noche se despertaba en la oscuridad total del fondo del contenedor. Las bolsas que le servían de soporte se habían escurrido haciéndole resbalar hacia abajo, y ahora estaba sepultado bajo algunas apestosas cajas de restos de pescado. No sentía ni podía mover ninguna de sus extremidades. Al principio conservaba esperanzas de salir de allí. Gritaba lo más fuerte que podía, confiado de que tarde o temprano vendría el recolector y lo hallarían allá. Pero las horas pasaban y ni pasaba el camión recolector para vaciarlo, ni nadie más se acercaba para depositar desperdicios. De hecho, Cameron no oía el más mínimo ruido procedente de las calles. Finalmente quedaba disuadido de la idea de volver al exterior y aceptaba el contenedor como su último y hediondo destino. Resistiéndose a morir de hambre, se dedicaba a mordisquear con abatimiento las colas y cabezas de pescado que le quedaban más cerca. Alargaba el cuello aquí y allá buscando otros excrementos esparcidos a su alrededor. Y con los días lo que comía estaba más podrido, pero él no dejaba de comer y seguía sin poder moverse…

O que se encontrara sentado en un sillón forrado de terciopelo rojo, en el centro de una habitación enorme con una sola puerta de dos metros de altura. La habitación estaba decorada con gusto, en un estilo clásico y lujoso. El suelo era de mármol beige claro y estaba recién pulido. Tres ventanales ocupaban el largo de una pared, y franqueados por cortinas de tela a juego con el sillón de Cameron, filtraban la luz en tres rectángulos que se bastaban para iluminar toda la estancia. A ambos lados de la puerta colgaban sendos espejos de cuerpo entero enmarcados en madera estofada con pan de oro. No había más muebles, lo que acentuaba la amplitud de la sala. Esto reconfortaba a Cameron, que podía sentir en su sueño la placidez del calor del sol filtrado alojándose en su nuca. En un momento dado, la puerta se abría y una gran masa de gente penetraba en la sala. Todos llevaban copas en la mano y vestían de fiesta. La mayoría de ellos ocupaba espacios de pie en torno a él y a su espalda, y Cameron los oía bromear y conversar animadamente sin prestarle demasiada atención. Oía entonces una voz de varón dirigiéndose a él en tono jocoso.

‘¿Y ese pasmarote? ¿Quién lo ha invitado? No se ha movido del sillón desde que llegamos…’

Cameron intentaba volverse para replicarle a esta persona, pero cuando lo hacía, contemplaba con estupor cómo la sala había quedado vacía de nuevo, exceptuando otro sillón idéntico colocado en la esquina opuesta y sobre cuyo respaldo se adivinaba la sombra de una persona sentada. Cameron se levantaba muy lentamente. Escuchaba sus pasos sobre el mármol mientras avanzaba hasta llegar al otro sillón, y allí, aterrorizado, descubría a su propio cadáver, cruzados los dedos sobre el vientre y apoyada la cabeza contra el pecho.

Se daba en estas visiones de Cameron una característica común: la ausencia de mujeres en las mismas. Cameron, que al despertarse cada día tenía la suerte o la desgracia de recordar el desarrollo de sus sueños casi al completo, se había llegado a preguntar si esta particularidad podría interpretarse como un leve signo de orientación homosexual. Incluso durante una temporada esta incertidumbre le devino en un conflicto interior, propio de aquellos que nunca se han preguntado esta cuestión y que de un día para otro perciben un desajuste muy insignificante en su conducta o apetencias. Pero la sospecha de Cameron de disipó tan fortuitamente como había aparecido con la entrada de la enfermera Masako Azumi en el cotolengo.

No siendo Masako mujer de una belleza exagerada, su delicadeza y agudeza cautivaron a Cameron de inmediato. La que sintió por Masako fue una atracción de origen espiritual, que si bien podía considerarse también intelectual, trascendía claramente el ámbito de la intelectualidad pues abarcaba placeres sensitivos de lo más variado. Cameron desterró entonces su teoría y pensó que con la magnífica aparición de Masako sus sueños cobrarían un marcado acento sexual, cosa que no ocurrió. Cameron siguió soñando con habitáculos claustrofóbicos, prisiones de diferente apariencia en las que personas monstruosas le imponían su voluntad, y estructuras geométricas que se hacían y deshacían y dentro de las cuales se encontraba él, eternamente paralizado.

A las frustraciones de sus pesadillas se comenzó a sumar la ansiedad por vivir una experiencia onírica de índole sexual. Cameron deseaba fervientemente que a sus figuraciones se agregaran componentes sexuales, y sufría ante la incapacidad de su subconsciente a la hora de generar representaciones de este tipo. Su sensitividad e imaginación sexuales estaban completamente atrofiadas. De hecho, el deseo y las figuras femeninas comenzaron a manifestarse en sus sueños en la antítesis de su ausencia, como si se los revelara en negativo o como espejismos que tarde o temprano desvelaban el engaño sin mostrar ninguna otra cosa. Así, el vacío de un deseo puro se fue constituyendo en uno de los patrones básicos de sus pesadillas, junto a los elementos ya habituales de perpetuidad y opresión.

En una de las figuraciones más repetidas de esta época, Cameron seguía los pasos de una figura encapuchada que se adentraba en un bosque. Su caminar era el de una sensual mujer, lento y cadencioso, preciso. Llegaban a un claro donde se ocultaba una especie de nave espacial. La mujer penetraba en la nave y Cameron hacía lo mismo. La puerta se cerraba tras ambos, ofreciendo a Cameron un laberinto circular de pasillos y salas computerizadas que recorría durante largas horas hasta encontrarse por fin frente a frente con aquella figura. Entonces ésta se desvanecía en un holograma que parpadeaba unos segundos y desaparecía definitivamente, o era absorbida hacia una cámara de vacío, o se desvestía para descubrirse como un androide sin atributos. En ese instante la nave despegaba y Cameron se veía obligado a vagar eternamente por el hiperespacio en compañía de ese androide asexual.

Esperó noche tras noche el sueño que había de liberarle de estas tribulaciones, pero no llegó; las mujeres continuaban sin aparecer en sus sueños, fuera acaso como meros actores secundarios. Hasta que soñó con aquel tren la noche antes de la huida de Cagneyzares, con el hombre de la gabardina y, especialmente, con aquella chica que le acompañaba.

 

Cameron respira hondo y se aclara la voz antes de reanudar la conversación.

– Hans, lo que te voy a explicar es un poco complicado de entender –le comenta con gravedad a Zarkov-. Incluso yo no lo entiendo del todo…

– Me esforzaré –repone Zarkov inocentemente-.

– Hans, ¿recuerdas el sueño que tuve ayer? El que te conté esta mañana…

– Sí.

– Verás…comprendo por qué no confías en mí. En realidad, me ha sorprendido un poco que hayas llegado a conocerme tan bien en tan poco tiempo. Y en efecto, los últimos veinte años he sido el Cameron melancólico, pusilánime y débil que conoces. Pero antes de los dieciocho años yo no era así. Algún día te contaré…el caso es que tras lo que soñé ayer, siento que puedo destruir a este Cameron y volver a ser quien era, una persona llena de energía y muy capaz.

– Cameron, si esto que me dices es verdad, nada me gustaría más…pero no entiendo qué relación pueda tener tu sueño con la recuperación de ese viejo Cameron. Por otro lado, me cuesta imaginarte de otra forma.

– Comprendo.

Cameron se concentra y ordena los argumentos en su cabeza, sosteniendo el teléfono móvil en su mano derecha. Mientras, frota nerviosamente entre sí los dedos de la otra mano. Siente que este momento concreto es fundamental en la lucha que contra sí mismo mantiene desde hace años. Vuelve a hablar.

– La clave de mi decisión de perseguir a Cagneyzares ha podido ser el sueño, pero creo que también me he sobreexcitado con todo lo que he ocurrido. Este suceso ha sido como un gatillo que ha disparado mi actitud. Mentalmente, estaba preparado para dar el paso. Creo que lo estaba. Pero necesitaba un estímulo lo suficientemente fuerte.

– Sí, ha sido muy fuerte lo que ha ocurrido…

– Sí, pero aislando el suceso, es decir…en otra circunstancia cualquiera, no me habría llevado aquí. Es también el propio Cagneyzares…a través de ese sueño y de otras sensaciones, creo que mi destino está ligado a él de alguna forma. Y que tengo que perseguirlo y encontrarlo. Que sólo así podré comprender también cuál es mi problema, y volver a ser quien era.

Zarkov lanza entonces un suspiro deliberado, lento, que suena a una inyección de paciencia. Cameron reemprende el camino, aproximándose a Brick Lane.

– Cameron…-dice Zarkov-. Lo que me explicas, ¿tú sabes lo que parece?

– ¿Qué?

– Mierda astrológica.

– Hans, joder, sólo te pido que esfuerces en comprenderme…

– Y yo te pido que entiendas por qué he llamado a Soto. A partir de ahí, tú haz lo que quieras. No es asunto mío. ¿Que quieres perseguir a Cagneyzares? Muy bien. Hazlo. No sé qué opinará Soto de tus intenciones…

– ¿Le contaste que salí en su búsqueda?

– No, no se lo dije. Tampoco tuve tiempo. En cuanto supo lo ocurrido, respondió que vendría aquí de inmediato. Que abandonaría el congreso tan pronto como pudiera despedirse de dos o tres personas y que esta tarde le esperara en el cotolengo. No preguntó nada más y me emplazó a vernos más tarde y estudiar el caso con detenimiento.

– De acuerdo. Pues esta tarde se lo tendrás que decir.

– Estás decidido a seguir con esto, ¿verdad?

– Absolutamente –responde Cameron, recuperando el aplomo-.

– Pues amigo, sólo te puedo desearte suerte.

– Te lo agradezco.

– Llámanos si tienes algún problema, ¿de acuerdo? Si hay alguna novedad ya te lo comunicaremos.

– Lo mismo te digo. Y ahora…te tengo que dejar. Hasta luego, Hans.

– Cuídate, Cameron –dice Zarkov antes de colgar el teléfono-.

Mientras cruza el paso de cebra, Cameron recoge el guante que sus propias reflexiones acaban de lanzarle. Es inevitable. Para él, esta búsqueda se ha convertido en mucho más que en una persecución. Es ahora una exploración de sí mismo, una introspección en varias direcciones desconocidas y con una sola etapa posible como destino. Cagneyzares se había cruzado en su vida como un tren repleto de dinero por un pobre pueblecito de Arkansas. Y él no podía hacer menos que asaltar aquel tren.

Cameron atraviesa en aquel momento Brick Lane. Contempla el cartel blanco fijado en la pared donde se lee el nombre de la calle. Se detiene.

‘Creo que me tomaré algo antes de seguir andando. A fin de cuentas, tampoco voy hacia ninguna parte, y un buen bocado me ayudará a ordenar las ideas’.

Se da la vuelta y contempla los dos puntales de hierro que sostienen otro cartel en la acera opuesta. El cartel torcido que habla del mismo Brick Lane, pero de otra manera. Y detrás del cartel, la cafetería de la esquina de Brick Lane, donde algunos jóvenes toman café frente a sus Mac. La cafetería está medio llena. Pero allí no sirven comida.

Cameron penetra en el interior de Brick Lane y varios metros más adelante se para frente a un establecimiento a su derecha. Al lado de la puerta hay clavada una tabla con las ofertas de bocadillos y bagels. No hay más que dos personas haciendo cola. Cameron entra en la tienda y espera su turno. Cuando la dependienta –italiana, probablemente- se dirige a él, Cameron mira la barra y señala una montaña de bagels.

‘Ponme uno de salmón con queso filadelfia’.

La chica se desplaza un par de metros a su derecha, toma el pedido de Cameron, lo enrolla en un papelón marrón y se lo sirve.

‘Cheers’.

Sale de la tienda y se aleja hacia el centro de la calle.

‘Bueno. A ver dónde me puedo sentar’.

08
May
09

Un obstáculo inesperado

Cameron pulsa el botón de aceptar y lo que oye al otro lado de la línea le parece una multitud de ruidos amontonados infernalmente, como ecos de excavaciones practicadas en el mismísimo corazón de La Tierra, en la negrura total de la sima sin aire ni chispa, por una gigantesca tuneladora con las juntas mal engrasadas. Los estrépitos de los motores hidráulicos chirriantes, de las cabezas giratorias restallando contra enormes bloques de metales pesados incandescentes, los alaridos estridentes, los quejidos abrasivos de las compactas placas de las profundidades al ser horadadas con rítmica insistencia por los taladros de la máquina. Toda la amalgama de ruidos imaginables, proyectados en unidad de fuerza desde el núcleo hacia la superficie, y amplificada en estéreo a través de corredores metálicos resonantes hasta reproducirse en dos altavoces incrustados en lo más hondo del cerebro de Cameron. 

– ¡Dios mío, Hans, qué coño es esa mierda! –le grita Cameron al teléfono móvil.

– ¿Cameron? ¡Eh!

– ¡Baja la música, desgraciado!

– ¿Cómo? ¡Cameron! ¡Eh! ¡Espera un momento! 

Zarkov se ausenta de la comunicación y a los pocos segundos cesa el estruendo.

 ¿Cameron? Perdona…estaba escuchando el último disco de Zu…una barbaridad…estoy enganchadísimo…

– ¿Qué mierda dices que es eso?

– ¿Zu? Un grupo italiano…bajo, batería y saxo… primeros discos muy free jazz, con una progresión gradual hacia el doom metal, pero manteniendo sus raíces… es una locura… de mierda nada… eso sí, el último disco es muy fuerte…con mucho ruido… pero es genial…

– Mira: primero, eso que sonaba no era música, era un mojón podrido sin sentido ninguno. Y segundo, ¿qué carajo haces poniendo ese disco en el cotolengo? ¿Qué quieres, acabar con los enfermos? Y bueno… ¡Con lo que acaba de ocurrir! ¿Imaginas cómo le puede afectar…eso…a Isabella? ¡Es que no te las piensas, maldito cabrón!

– Está bien, disculpa, me he dejado llevar… ya sabes, no lo puedo evitar… tengo que acostumbrarme. Es la música que escucho y me resulta difícil contenerme…y además, el otro día fui a un concierto suyo y quería rememorar…

– Bueno, ¿qué querías? –le corta Cameron- ¿Se encuentra mejor Isabella? ¿Te ha dicho algo?

– No, no…la he dejado en la planta de arriba, descansando, bien calentita en su cama…Estaba aún bastante desorientada y apenas había murmurado algunas palabras.

– ¿Qué palabras?

– Nada, insultos básicamente, ‘hijo de puta’, ‘bastardo’, cosas así. Pensé que necesitaba reposo. Quizás esta tarde se encuentre mejor. Pero te llamo por otra razón…

Zarkov se toma unos segundos para continuar. Cameron, por su parte, sigue avanzando y sobrepasa una parada de autobús. Alcanza ya la altura del Sun Inn, y se acerca al mercadillo que se levanta cada día enfrente del supermercado Tesco. Frunce el ceño ante el silencio de Zarkov, en señal de preocupación. El de Zarkov es un silencio deliberado. Introductorio.  

– Diablos, dime qué ocurre, Hans.

– He llamado a Soto.

– Joder, te pedí expresamente que no lo hicieras –le recrimina Cameron-. ¿Qué coño se te ha pasado por la cabeza? ¿No sabes que Soto está en un congreso en Glasgow? ¿Veías necesario molestarle para esto, cuando somos nosotros los únicos responsables de lo ocurrido?

– No se trata de eso, Cameron. Claro que no era mi intención molestarle. Pero creo que este asunto se nos ha salido de madre. Y nosotros podríamos ser los jefes de guardia, pero es él el máximo responsable, y el único que tiene acceso al blog de Cagneyzares. En realidad, tú ya conocías el especial interés que Soto tenía por este tipo, y su insistencia de estar al corriente de cualquier cambio en su evolución. Pues bien, ¿qué más cambio quieres? ¡Ya no está! ¡Ea, ya no hay evolución! ¡Se ha escapado, el hijo de puta! ¡Y la forma en la que lo ha hecho! Mira, a grandes males, grandes remedios. Creo que era la única salida posible…poner este asunto en manos de Soto…

– Pero Hans, ¡ya lo conoces! ¡No tiene discreción ninguna! No pretendo decir que…en fin, ya me entiendes…es un gran administrador, la cara pública del cotolengo…los roles de gestión los ejerce increíblemente bien… ¡pero pierde los papeles ante los conflictos! Espérate cualquier cosa…Soto no tiene paciencia ni medida, se le va la mano en los momentos críticos…finge que tiene todo bajo control, y luego comienza a hacer llamadas y a escribir correos electrónicos, y en un santiamén te arma la marimorena…

– Venga ya, no seas…

– Y te voy a decir más…precisamente por esta puta razón es que salí yo en persona a buscar a Cagneyzares – continúa Cameron, ganando en excitación-. Porque sé lo que hará Soto. Echará a la policía sobre el caso, emitirá una nota a la prensa…Y él es el que manda, y al final sus métodos, por muy desmesurados e imprudentes que sean, tendrán éxito. Pero entre tanto, se va a liar el pitote. Patrullas de policías merodeando por el cotolengo, manadas de insoportables periodistas jaleando en la puerta… ¡y Cagneyzares sobre aviso! ¡Porque tarde o temprano sabrá que le buscan, te lo aseguro! ¿Crees que esto nos conviene? ¡Si Soto eleva esta huida a la altura de un crimen, si le da el bombo que yo creo que le dará, puede ocurrir de todo! ¡Y por no hablar de cómo reaccionará el enfermo si Soto invade su blog! ¡Podría depararle la paranoia definitiva! ¡Sin control! Sólo imagina las consecuencias…

– ¡Cameron, escúchame!

– Acuérdate de cuando…

– ¡Joder, Cameron! – no tiene Zarkov más remedio que imponerse a gritos-. Escúchame. Lo que sea que haga Soto me trae sin cuidado. Este es su cotolengo y nosotros sus empleados. Tú llevarás aquí veinte años…me parece fantástico. Obviamente, tu opinión es muy importante para mí, y no creas que me resulta fácil desoírte. Pero yo llevo sólo un par de meses de empleado. Estoy en período de prueba. Y quizás me he precipitado al avisar a Soto, pero realmente creo que  la magnitud del caso lo requiere. Es lo más prudente. ¿O acaso debo yo abandonar mi puesto y salir en búsqueda de Cagneyzares? ¿Y Bowen? Ahí alcoholizado, arrastrándose desde su casa al cotolengo, y del cotolengo al Salmon&Ball, completamente inútil… No. Esto es cosa de Soto…dejemos que él decida…

– ¡Y para qué te he dicho entonces que salía yo a buscarlo! ¡Y que no vendría sin él! ¿Crees acaso que bromeaba, o que no ha sido más que un arrebato? ¡Has de saber que estoy completamente decidido a perseguir a ese cerdo, allá donde se encuentre!

– No te quería hablar de esto tan directamente, Cameron. Pero no me dejas otra opción.

– ¿Cómo, a qué te refieres?

– Cameron, verás…-Zarkov baja notablemente su tono de voz-. No sé cómo decírtelo. Yo no tengo mucho tacto para estas cosas…

– Dime, joder.

– Cameron, creo que lo que intentas es una locura –acaba por confesar Zarkov-. No es trabajo para ti. 

Al escuchar estas palabras, Cameron se detiene. Durante unos segundos permanece callado. Le abruma la franqueza con que Zarkov ha pronunciado estas palabras, y más que reflexionar, alarga ese silencio como pretendiendo que Zarkov se retracte, o que matice la afirmación de algún modo. Pero el esperado barniz no llega y Cameron comienza a notar un incómodo hormigueo en su estómago. Titubea al preguntar de nuevo a Zarkov.

– No…no te entiendo muy bien. ¿Qué quieres decir?

– Cameron, por favor, sabes de qué te hablo. No me obligues a seguir adelante.  

No era necesario.

17
Abr
09

la decisión de Cameron

La luz oblicua y temblorosa de la mañana inglesa en el este de Londres.

El rojo y el amarillo y el azul cobalto de los rótulos en las tiendas bangladeshís sobre el asfalto picado y en mal estado de Roman Road, los carros de la compra y su tela a cuadros de tonos oscuros, las mujeres y los críos clavados ante el paso de peatones del cruce con Grove Road.

El verde mate y oscuro en las hojas de los sabios muertos de Grove Park. La alfombra marrón extendida sobre el frío césped, coloreando la sombra virgen de los lindes del camino hacia la biblioteca. La verja negra, la verja metálica, que de noche cierra las puertas de la naturaleza a la ciudad.

Los pasos rápidos de Cameron. Los pasos grises de Cameron. Los negros zapatos, los negros cordones de los zapatos de Cameron. La bata blanca ondeante sobre los pantalones vaqueros, los puños cerrados de Cameron balanceados atrás y adelante como afiladísimas hojas de guillotina portátiles, o como péndulos, pero péndulos macizos de plomo, muy pesados aunque sin duda decididos, decididos e implacables. No péndulos, sino enormes bolas de acero destinadas a la demolición de un edificio magnífico y ampuloso y maldito (¿inservible?), el edificio que nadie se atrevía a demoler, y sobre el que las bolas de acero se venían preguntando constantemente, ‘¿Nos dejarán demolerlo de una puta vez?’, y el visto bueno del council o la firma o la orden definitiva no llegaba, y las bolas hervían de excitación y de impaciencia por demoler el dichoso edificio, ahí colgando de las dichosas grúas, sujetas por cadenas larguísimas a los dichosos amantes* de la grúa, y les hacían llegar a los amantes su deseo perentorio de echar abajo el edificio, y ya, o a qué hemos venido, y los amantes les respondían: 

– Que no, que no ha llegado la orden. Tú estate ahí quietecica y no te metas donde no te llaman.

Y las enormes bolas de acero, que no sabían hacer otra cosa que demoler, y para las que esas cuestiones de firmas y de vistos buenos de los organismos competentes estaban de más, se enojaban con las cadenas. Y las cadenas transmitían ese enojo a los amantes, la bola no para de darme la brasa y yo no soy más que un mandado, qué coño le digo, pero a los amantes, a cincuenta metros de altura, bien aisladitos, que les contaran milongas. Por otra parte, no podían hacer nada por voluntad propia. Aguardaban instrucciones de la cabina, y como el sujeto de la cabina decía que no podían demoler, que esperaban órdenes, que ni palanca ni nada, que se las arreglaran ellos solos con sus mecanismos y que discutieran lo quisieran, pero que más les valdría no moverse un centímetro, así los amantes no tenían más remedio que mostrarse inflexibles con sus piezas subalternas.

Y siendo las cuerdas y las bolas ajenas a este grado de jerarquía ya tan lejano –por mucho que los amantes se empeñaran en explicarles- culpaban a sus únicos superiores conocidos de todo el rifirrafe, las bolas a las cuerdas, por haber sido traídas hasta allí para verse colgadas e inmóviles en medio de ninguna parte, y las cuerdas a los amantes, por tener que aguantar a las bolas, no porque pesaran mucho, eso es lo de menos, sino más bien por el coñazo que daban.

Y entre tanta acalorada disputa, y el alarmante grado de incomunicación entre el amante y el señor de la cabina –que estaba a cincuenta metros del amante, a ras de suelo, pero que a menudo aprovechaba el parón de la obra para irse a desayunar tranquilamente con otros gruístas, dejando el marrón en plena efervescencia-, la situación estaba más que tensa en el pequeño universo de cada grúa y sus respectivas cabinas, amantes, cuerdas y bolas. 

Y acabó por estallar cuando Cameron, no se sabe si aprovechando un descuido del señor de la cabina o una de sus frecuentes ausencias, accionó de alguna manera esa palanca que daba inicio al mecanismo que demolería aquel jodido edificio de una vez por todas. Y fue como un acto de redención o de liberación para Cameron, un golpe sobre la mesa, concreto y terminante, y nadie podría decir si eran las bolas o las cuerdas, los amantes o la cabina quienes habían desencadenado esta determinación en Cameron, o si acaso Cameron había logrado ponerlos de acuerdo a todos.

 

 

Ya en el cruce de Cambridge Heath Road, Cameron espera a que las luces tornen al verde. Intenta concentrar toda su inteligencia en poner las cartas boca arriba, esbozar un mapa de la situación que le permita entender dónde se encuentra, a quién busca exactamente. Conoce las piezas involucradas: el paciente evadido, la enfermera desnuda y maniatada con jirones de su propio uniforme; aquellas figuras en sus sueños, el enigmático hombre de la gabardina y la veinteañera inocente; y él mismo, convertido en rastreador ocasional. 

Eso era todo. El estado cero. Algunas piezas desdibujadas, sin aparente conexión las unas con las otras. ¿Cómo debía combinarlas? ¿Cómo consiguió escaparse Cagneyzares? ¿Estaba relacionado su sueño de la noche anterior con el enfermo, con alguno de los elementos de su huida? ¿Había en ellos pistas, o detalles que pudieran llevarle a una pista verdadera? ¿Hacia dónde había huido? Hasta el momento, todos en el cotolengo habían dado por seguro que Cagneyzares no tenía ningún sitio donde refugiarse en la ciudad. Se hallaba completamente solo, no conocía a nadie, y este hecho excluía la posibilidad de concebir hipótesis alguna sobre su paradero actual. Podía estar en cualquier parte. ¿Qué es lo primero que haría al encontrarse en libertad? ¿Buscar trabajo? ¿Tomar el primer vuelo de vuelta a España? No, eso no podía ocurrir. Había que impedirlo. Tenía que atrapar a Cagneyzares como fuera, e impedir que merodeara por todo Londres, probablemente perpetrando atrocidades innombrables.

Y el responsable de esta tarea era él.

Cameron ya ha cruzado el paso de cebra y sigue andando con paso firme. Deja atrás las salidas de metro a este lado de la calle, donde la gente se amontona en la puerta del Salmon&Ball. Un par de parejas acaban de encontrarse e intercambian cortesías –una de las chicas se disculpa por su impuntualidad-, y una pandilla de teenagers a la moda retro se exhibe a los peatones mientras espera al último de sus colegas antes de ponerle rumbo a Brick Lane. En los rostros de todos los chiquillos se aprecian una ligerísima soberbia, nada ofensiva, casi amable, y un aburrimiento colosal. 

El Salmon&Ball abre temprano y cierra en la evening inglesa, que es una hora que no tiene nombre. Tiene la SkyTV enchufada permanentemente, y hasta las tres de la tarde hay una oferta de cerveza roja por una libra y veinte céntimos. Como consecuencia, durante toda la mañana tanto el interior como los aledaños del bar son un auténtico hervidero. Cameron avanza como puede a través de una nube de humo, sorteando grupos de contertulios hasta encarar Bethnal Green Road. Nota entonces cómo rompe a vibrar su teléfono móvil, y se lleva la mano al bolsillo de la bata. Tras pincharse con un bolígrafo que creía extraviado, agarra el dispositivo y lo acerca a su cara. 

Hans Zarkov.  


N.A.
*amante: parte superior del puntal de carga de una grúa, encargada de inclinar el puntal de carga mientras otro cable es responsable de sostener el peso de toda la carga.

11
Abr
09

jacqueline

En esta ocasión sí que oí sus pasos. Primero golpeando el suelo con firmeza, cuatro o cinco escalones. Luego arrastrándose otro poco, parsimoniosos, a lo largo del enlosado, hasta clavarse junto a mí. Su perfume pesado, cargado de sudor, invadió mi nariz y me revolvió las tripas.

 

Yo continuaba agazapado bajo mi abrigo, tumbado sobre el costado derecho, la pierna derecha extendida y la izquierda recogida, como una jugadora de voleibol adolescente a la que la pelota sacudiera violentamente en un lance del juego, conmocionada y fuera de toda realidad. Sólo mis ojos eran testigos del fantasmal decorado, curioseando aquí y allá, posándose en las escaleras, deslizándose lánguidos y pesados por el suelo blanquinegro… Una pelusa revoloteó mansamente hacia la puerta, y allí quedó atrapada entre el umbral y la hoja. Me sentía el único espectador de una aterradora sesión de diapositivas en la que alguien hubiera deslizado de repente una imagen equívoca, incoherente con el resto de la secuencia, con el sólo objeto de desconcertarme. O puede ser que lo hiciera por error. Mi cuerpo también lo notaba congelado, aunque sin darme cuenta había logrado abotonarme los pantalones manipulando la bragueta con el pulgar y el índice de la mano derecha, como un autómata borracho. Después me llevé el puño cerrado a la boca, y allí lo dejé, humedeciéndolo con los labios. La mano izquierda seguía abandonada entre mis piernas, pero más que acariciar ya mis genitales, los cubría ridículamente. El cinturón permanecía desabrochado, con uno de sus extremos cayendo hasta el suelo. Exceptuando una vergüenza que me brotara refleja y por cuya causa toda la cara -y las orejas especialmente- me quemaba con un rubor febril, había quedado reducido a un bulto negro y opaco, insensible y muy susceptible de ser pateado. Escuché su voz.

 

– Así que es usted Jose.

 

No respondí. Aturdido por la obscenidad de mi acto, no, por ser descubierto, me debatía en silencio contra el rosario de irrealidades que percibía a mi alrededor, desde la melosa voz que se dirigía a mí hasta el tosco e inacabable infierno cúbico donde llevaba atrapado más de cinco horas. Estaba seguro de haber perdido algo por el camino. Qué carajo hacía yo allí. Y quién era esa mujer. Todo aquello era un error.

 

Se inclinó sobre mí y me tocó en el hombro.

 

– ¡No me toques! ¡Apártate de mí! – grité, saltando como una ardilla hacia la esquina más cercana. Apreté fuertemente mi espalda contra la pared-.

– ¡Eh! No debes asustarte. Lo que ha pasado no lo vio nadie. Ahora cálmate y sigamos hacia arriba.

– ¡Yo no voy a ninguna parte! ¡Es usted el mismo demonio! ¿Qué hago yo aquí? ¡Debería estar muy lejos! ¿Y cómo me ha encontrado usted? ¿Quién es? ¡Quiero salir de este sitio inmediatamente!

– Eso es imposible. Tenemos una conversación pendiente. También tengo que enseñarte el piso. ¿No lo recuerdas? Viniste aquí a verlo…

– ¡No! ¡No lo recuerdo! Y ahora déjeme en paz, yo aquí no he venido a hacer nada…¡Quizás lo creí! ¡No sabía lo que hacía! Pero yo estoy buscando otra cosa, y no voy a perder ni un minuto más en esta pesadilla de edificio.

 

Me erguí y eché a andar hacia ella, con la intención de volver escaleras abajo y escapar de allá como fuera.

 

– ¡Y no me importa qué demonios quisiera decirme usted!

 

Interceptó mi camino, agarrándome las solapas del abrigo a la altura del pecho. Ni mucho menos estaba por la labor de permitirme seguir adelante.

 

– ¡Un momento! Tenía muchas cosas que decirte. He pasado tanto tiempo esperando…pensando en qué te diría, en cómo afrontaría esta conversación. En cómo te persuadiría de… ¡y ahora me vienes con que quieres irte, con que no sabías nada, y esa sarta de insensateces! ¿No te ha enseñado nadie que no puedes desairar a una dama así como así? ¿Cómo crees que puedo pasar por eso? ¡Ah, no, tú te vas a quedar! Y te pongas como te pongas, vas a escucharme, y tendrás que conocer mi secreto. ¡Ah, Dios sabe que lo harás!

– ¡Aparta de mi camino, zorra! No voy perder un minuto contigo – y me desasí de ella, empujándola brutalmente hacia la pared y disponiéndome a bajar las escaleras-.

 

Pero cuando creía que por fin estaba libre, a punto de poner mi pie izquierdo en el primer escalón, súbitamente la sentí correr hacia mí. Entonces me arremetió entre chillidos de furia animal, saltando con violencia sobre mi espalda, agarrándome con las manos por el cuello y el abdomen y anclando sus piernas en mis muslos, como un guerrero caído ataca por sorpresa al que, ufano, creía ya celebrar la victoria. Perdí pie y me arrastró escaleras abajo, y mientras volábamos hacia el rellano me vi inevitablemente aplastado contra la pared, bajo el peso de la caída y de su cuerpo pegado contra mi espalda. Sin embargo, con la ayuda de unos reflejos milagrosos, logré pisar el cuarto escalón y doblar la rodilla, precipitando nuestros cuerpos sobre el suelo, donde habíamos de caer mucho más suavemente. Pero de alguna forma, al hacerlo ella salió despedida hacia la pared. Justo cuando yo aterrizaba, golpeándome la rodilla con el último escalón y la mitad izquierda del rostro en el suelo, escuché cómo su cuerpo hacía retumbar la pared apenas a medio metro de mí. El golpe fue terrible, seco y sonoro, y me alarmó.

Mi primera reacción fue palparme la cara. Me ardía la mejilla; a la caída había seguido un fuerte raspón con el suelo, y la sentía en carne viva, un escozor bárbaro. Me imaginaba mi cara después de haber vertido un vaso de ácido sobre esa mejilla, la carne corroída sobre el hueso desnudo y visible. En la rodilla había sufrido también un golpe terrible, con el canto del escalón, y justo en el centro de la rótula notaba el pico de dolor, un brote epicéntrico localizado exclusivamente allí, confinado dentro de mis vaqueros y rozándolos dolorosamente. El calor que se nota enfermo y agudo, parlante y dentado, enviándote ondas vibrantes de puro dolor a lo largo de toda la pierna. Tardé algunos segundos en reaccionar. 

Nada oía a mi espalda. Intenté girarme, muy lenta y torpemente, aún conmocionado con el golpe. Lo hice sobre mi lado izquierdo, para evitar realizar el más mínimo esfuerzo con la pierna lastimada. Vi entonces a aquella mujer, inmóvil junto a la pared, despatarrada y con los ojos clavados en alguna parte de las escaleras, idos, inexpresivos, secos. Muertos. La agarré entonces por los hombros, y la agité muy delicadamente, sólo un par de sacudidas. Miraba detrás de mí. Muertos. No podía ser. Muertos. Puse mis manos sobre su mejillas, y moví su cara a un lado y otro. No reaccionaba. Pasé entonces mi mano derecha por detrás de su cabeza, y noté la sangre caliente corriendo apresurada hacia el suelo, por su nuca y espalda, por mi mano y sobre mi abrigo, muerta, estaba muerta, y yo había sido el máximo responsable, ¿cómo podía? Pero… ¿y qué quería ella de mí? ¿por qué actuó de aquella forma tan violenta? ¡Ella era la culpable! ¡Sí, ella lo era! Pero, ¿quién no diría que yo la ataqué? ¿Qué podía alegar yo ante este desgraciado accidente? ¡Si ni siquiera sabía lo que hacía allá! Era todo tan confuso. Recordaba a Jack. Jack…Jack conduciéndome a través del estrecho pasaje hacia el edificio. La mano de Jack, y su mirada reptil acosándome, lujuriosa. Mi turbación…los sueños…la mano de Jack estrechando fuertemente la mía…mi número de teléfono en el registro de llamadas del móvil de Jack…el cocinero y el negro observándome desde la puerta de servicio de aquel restaurante… 

Estaba atrapado, sí, lo estaba. Todos creerían que yo la maté. No podía hacer nada. Sólo correr. Tenía que huir. ¿Cómo? Era en esos momentos presa de los mayores nervios, allí estaban, por todo mi cuerpo, exaltados y paralizantes, agazapados en el interior de mi rodilla, quebrándome la pierna, ordenándome parar, no moverme, pero tenía que irme de allí, el litigio no cesaba, y comencé a llorar, abrasado por la tensión y la emoción. Logré finalmente agarrar el pasamanos y con su apoyo me erguí frente al siguiente tramo. No podía derrumbarme. Tenía que salir, salir, salir de ahí, ¡y hacerlo pronto! Puse mi pie derecho en el primer escalón. Adelanté la pierna izquierda después, ardiente, me chillaba que no lo hiciera, pero lo hice. La planté en el segundo escalón, y dolió mucho, pero no tanto como esperaba. Me palpé la rótula. Quizás sólo fuera el golpe. Debía ser paciente y salir de allá como un tiro. Luego ya me cuidaría de la pierna. Ya habría tiempo.

Y con decenas de fugaces imágenes invadiendo mi cabeza, avasallándome una tras otra, milésimas aportaciones irreconocibles, todas punzantes y huidizas, con ellas huí, huí, con todas esas visiones refractarias acariciándome voluptuosamente, borrosas a través de bien un cenicero, bien una hipodérmica o un cristal de mil aristas, la sangre sobre el espejo, Lynn a través de un ventanal roto a cinco metros de altura, marañas de polvo pegajoso sobre mi piel, puertas viejas sin pomo, carteles colgantes sobre un solo clavo, miembros exprimiendo su sudor en el interior de jarras de cristal grueso, aberraciones peregrinas y oscuras que me torturaban sin piedad.

Llegué por fin a la planta baja y busqué en los bolsillos de mi abrigo. Ya no tenía más medicación. Abrí la puerta y corrí, corrí, corrí…

Y dejé atrás Lamb’s Conduit Passage, y Holborn, y con la noche acechándome me precipité en Old Street, y de ahí, sin saber cómo, acabé en el barrio de Whitechapel, extenuado y sombrío. Allí me paré y me encendí un cigarro.

El humo se confundía con el vaho de la respiración en la humedad de la fría noche de Londres.

03
Ene
09

Primera noche en las escaleras

Los escalones de hierro vibraban con quejidos gélidos y huecos, tañían sonatas uniformes al tedio dominical del bricolaje iniciático. La barandilla que remataba la escalera cimbreaba a un lado y a otro, rechinando al golpear las juntas. Yo encadenaba un escalón con otro, otro y otro. Ellas protestaban con metal, silencio, metal, silencio, metal, silencio, metal, anunciaban mi presencia hostil a las paredes de yeso empapeladas de ocre plano, apulgaradas, al rodapié de polvo y madera, al ajedrez de losas mugrientas. Recodo y descansillo, pared, pared, pared, baranda, escalón. Cada cinco escalones, un descansillo. Una planta cada dos descansillos, y en cada planta dos puertas, una junto a cada tramo de escaleras. Todas las puertas tenían la misma factura: delgadas placas de madera marrón clara, de muy baja calidad, bordeadas de marcos comunes, con dos montantes y travesaño, cada elemento con tres relieves. El más prominente el exterior, el más hendido el interior. La mayoría de los travesaños no encajaban, y dejaban ver las puntillas que unían las aristas en vértices donde la madera sufría, tirante y salpicada de astillas. En algunas puertas la roña había ya comido la madera: arpaduras laminares desgarradas de la placa en los bordes, orificios perforados por la carcoma, segundos pomos abiertos por mano humana que abandonaban a la vista el agujero del primer pomo. La única iluminación procedía de un tubo fluorescente atornillado en el techo de los corredores. Se sentía el aire frío pasar a través de un ventanuco de unas siete pulgadas colocado en las entreplantas, a la altura donde yo alcanzara con el brazo estirado. Las esquinas redondeaban con gris de montículos de polvo y telas de araña, suavizando el camino que me llevaba escaleras arriba.

En la cuarta planta, un ficus moría en la mitad del pasillo, dentro de una maceta de plástico negro. Sus hojas macilentas escapaban desde el amarillo lívido del pecíolo hasta el marrón mustio y arrugado en las puntas. Me detuve y observé la planta con tristeza. Colillas apagadas en la tierra reseca asomaban como decenas de pequeños brotes. Detrás de la maceta vi un cochecito de juguete transformable del tamaño de un diccionario Collins español-inglés edición de bolsillo, enredado entre pelusas. Lo saqué de su escondrijo con la punta del pie derecho. Lo pisé y me valí del pie izquierdo para quitarle la maraña de porquería, y lo cogí en mis manos. Lo abrí por una página al azar. Leí.


lurid
[‘ljʊərɪd] adjetivo
1 (imagen) espeluznante
2 (cuento) escabroso,-a
lurid stories, historias escabrosas
3 (color) chillón,-ona

lurk [lɜ:k] verbo intransitivo
1 merodear
2 estar al acecho
3 estar escondido,-a: he was always lurking around in the shadows, siempre andaba escondiéndose en las sombras

lurking [lɜ:kɪŋ] adjetivo acechante

luscious /’lʌʃəs/ adjetivo
1 ‹girl› seductora
2 ‹scent/sweetness› exquisito

lust1 /lʌst/ sustantivo
a
uncountable (sexual) lujuria f
b
countable (craving) deseo m

lust2 verbo intransitivo to ~ AFTER sb desear a algn; to ~ AFTER sth codiciar algo

lustful /’lʌstfəl/ adjetivo lujurioso


Eché a rodar el juguetito contra una esquina y sacudí el polvo de mis manos. Reemprendí mi camino con los ojos llorosos, molestos por el esfuerzo de leer la letra pequeña bajo el neón titubeante. Encorvado, las manos agarradas por detrás de la espalda, arrastraba los pies con pesadez, absorto en ellos, en su movimiento, en los sonidos huecos que generaban sus pisadas y mi jadeo, en sus ecos maquinales que se perdían en una esquina y subían, subían, y mi único consuelo era que todos ellos me esperaban en el ático adonde yo pretendía llegar. “Al llegar allí recuperaré el aliento”, pensé.

Como le ocurre al corredor exhausto, al que la sola prefiguración del descanso otorga fuerzas de entre la flaqueza, o al prófugo que persevera en su huida al oír la palabra libertad, este pensamiento me dio nuevos bríos. Saqué las manos de los bolsillos y cambié el ritmo de la ascensión. Troté ágilmente, acompañando la escalada con un braceo enérgico. Cubrí varios tramos de golpe con la esperanza de que cada uno fuera el último. Pronto perdí la cuenta del número de plantas que iba dejando atrás, y al principio no me importaba, porque pensaba que llegaría al ático muy pronto, que un bloque de pisos residencial como éste no tenía por qué ser tan alto. Cada tramo era una prueba de fe, un desafío a mí mismo. Apretaba los dientes, me ajustaba el cinturón y volvía a trotar hacia arriba, con respiración cadenciosa y todo el coraje del que era capaz.

Pero tras muchas plantas, el dejar atrás un descansillo tras otro, siempre anhelando esa última puerta, y siempre descubriendo otro tramo exactamente igual que el anterior, fue haciendo mella en mi ánimo. Comencé a sentirme cansado y a respirar con dificultad. Era lógico; mis pulmones de fumador tenían que hacerse notar, tarde o temprano. Estaba alterado, confuso: ¿dónde acababan estas escaleras? ¿cuántas plantas había subido ya? Mi mente perdía claridad y la falta de oxígeno se hacía patente en ahogos que obstruían mi garganta. La pobre se defendía con unas toses cavernosas repugnantes, mediante las cuales expulsaba al exterior legiones enteras de mucus en formación de tortuga, en diamante, en aspa y en grupúsculos sólidos con forma de canapé –o con varias de las formas que puede tener un canapé- y de volovanes rellenos. El sudor me resbalaba por el cuero cabelludo hasta las cejas, colándoseme hasta los ojos por el entrecejo, apenas podía ver nada. También mojaba mi espalda por debajo del abrigo, el jersey y la camiseta, y para mayor faena, no había traído un recambio de ropa. Llegué a una entreplanta y, agarrándome al sillar del ventanuco, me impulsé hacia arriba y puse mi cara a la altura del hueco, con lo que conseguí refrescarme un poco. Sin embargo, a los pocos segundos me dejé caer, ya que me dolían los dedos y los brazos, y cuando lo hice, estaba aún más cansado que antes. Subí otro tramo, y allí resolví sentarme durante unos minutos, en el suelo, a la mitad del pasillo, para recuperar el resuello.

Sentado de piernas cruzadas, saqué el teléfono de los pantalones y lo desbloqueé. Miré la hora. En el anterior capítulo miraba un reloj. Pero no, no es así, escribí eso por vicio. Se suele decir “miré el reloj”, por alguna razón no me parecía muy literario escribir “miré la hora en el móvil”. Salió automáticamente, por así decirlo, pero yo no tengo reloj. Es la pura realidad. Sólo tengo un teléfono móvil. La hora aparece en dígitos en la esquina superior derecha, pero precisamente en esa esquina la pantalla de mi aparato está rota, por lo que tengo que inclinarlo para ver bien los minutos. Donde dije reloj podéis tachar, pues…es móvil, o teléfono móvil. Yo no lo voy a cambiar, no me parece decoroso. Por otro lado, podéis considerar este gazapo como una especie de homenaje a un feliz pasado analógico, o modestamente digital. Nada de electrónica, nada de complejas circuiterías integradas, nanotecnología, revolución de las comunicaciones, politonos, acceso a internet, pantallas táctiles, ofertas, promociones, juegos, mensajes…nada. Más de diez años de innovaciones tecnológicas a la basura, por culpa de alguien que obvió el dispositivo de telefonía móvil al incorporar a su historia a un personaje que mira la hora en un pobre y anacrónico reloj. Me suda la polla. Y de hecho, lo prefiero así. Dejad “reloj” donde pone “reloj” y pasad de lo que queda de párrafo. Mil novecientos ochenta y tantos, una época divertida, mucho más intrigante y efervescente que la actual. Decadente, sin duda. Pero al fin y al cabo la decadencia es tan humana como el progreso, se puede incluso decir que es la otra cara de la moneda. No fue mayor ni menor entonces que ahora. Tenía otra forma. La llevaban con cierta elegancia, con galantería, con orgullo. Existía el glamour de la perversidad y el desenfreno, y una clara búsqueda de la ruptura generacional. El cyberpunk ahondaba en los supuestos apocalípticos de la ciencia ficción de épocas anteriores. Añadiendo los factores tecnológicos o científicos de nuevo alumbramiento, novelistas, cineastas y artistas en general preconizaban un siglo XXI caótico, oscuro, plagado de peligros para el hombre, que se habría convertido en un ser esclavizado por la tecnología, carente de voluntad y abrumado por el progreso. En nuestros días, la salvación de la humanidad quedaría a expensas de una lucha titánica contra Grindernaut, una bestia abisal de cabeza crestiforme y tentáculos viscosos y descomunales. O quizás la amenaza fuera un alienígena atraído desde Andrómeda por su necesidad de heroína o plutonio, o un ordenador monstruoso capaz de procrear pequeños ingenios diabólicos idénticos a él mismo y autogenerativos, que invadirían la Tierra ¿La realidad? La realidad es que probablemente no seamos atacados por un bicho de cincuenta pies. Yo no lo he sido hasta el momento, vaya. Tampoco creo que a la computadora en la que escribo le crezcan extremidades electrónicas desde los puertos USB o desde la alimentación, que éstas ramifiquen y se enreden entre mis dedos lentamente, haciendo saltar chispazos azules de vida eléctrica mientras yo escribo sin parar. Es ridículo pensar que no advertiría cómo, poco a poco, los cables van trenzándose a lo largo de mis brazos, expandiéndose, clavando sus conectores y pitorritos en mi piel insensible y adueñándose de mi sistema nervioso, y no daría crédito al supuesto de que la pantalla de mi ordenador se convirtiera en el monitor de mis actitudes, en cámara y censor de mi comportamiento. Jamás podría admitir que ya no escriba yo lo que deseo, sino una suerte de sandeces dictadas por AMILO Pi 1505, un portátil auténticamente móvil que le hará sentirse en casa dondequiera que esté. Garantizado por la tecnología móvil Intel Centrino, con pantalla BrilliantView de 15,4 pulgadas, LAN Inalámbrica integrada, el AMILO Pi 1505 representa el equilibrio perfecto entre movilidad y prestaciones. Un puerto de salida S-Video, IEEE 1394, SPDIF y puertos USB 2.0 están integrados de serie para conectarle con todos sus periféricos digitales y dispositivos multimedia y conseguir que usted no haga nada que no esté programado por el sistema operativo instalado en AMILO Pi 1505.

Eran ya las dos de la mañana del Sábado. Nueve horas antes dejé a Jack en la puerta de su casa y comencé a subir aquellas escaleras del infierno. Había subido ya una infinidad de plantas, tantas que no me atrevía a abandonar la subida y deshacer mis pasos, por muchas plantas que restaran aún. ¿Y si el ático estaba dos plantas más arriba? Si, hubiera sido realmente absurdo renunciar en aquel momento. Pero, ¿qué hacer? La dichosa Jacqueline no había aparecido, y puedo decir que casi lo prefería. Hubiera sido un golpe bajo que me alcanzara, después del ritmo de subida que me había impuesto. Pensé que quizás estaba en muy baja forma física, tanta, que este ritmo trotón no había sido tal sino un fatigoso serpenteo senil, que había contado los escalones de cinco en cinco cuando en realidad sólo subía uno cada vez, por una sufrida y autocompasiva distorsión de mis percepciones. Luego me di cuenta de que esta idea era una abstracción ridícula, y que efectivamente había subido una barbaridad de plantas, que cómo iba yo a contar cinco por uno. En nueve horas, a una velocidad media de…qué se yo, dos kilómetros por hora entre escalones y…pónle cinco en llano. Veinte metros de llano y diez de escalones sobre el total, aproximadamente. Eso es una planta. Entonces, habría recorrido cada planta en treinta y tres segundos y en nueve horas eso sería…joder…multiplicando nueve por tres mil seiscientos …ufff…treinta y cinco mil y pico de segundos…¿cuántas veces cabe treinta y tres en esa cantidad..? ¡Más de mil! Diablos, pues sí que había subido.

Enjugué mi frente con un pañuelo. Encogido, sentado en la posición de feto, las corrientes de aire procedentes del ventanuco se estrellaban en mi cara, envolvían mis pies y enfriaban el sudor por doquier. Volvieron los temblores. La eterna subida de estas escaleras se apoderaba de mi ánimo. Creo que allí sentado comencé a desfallecer. Seguramente fui víctima de alguna fiebre, un enfriamiento… Mi cabeza estaba a punto de explotar. El frío me hostigaba y mi cabeza ardía. Los párpados se derrumbaban irremediablemente. La nariz la tenía completamente atascada; me sobrevino una racha de estornudos violentos, que atajé limpiándome con el único kleenex que tenía, un gurruño ya mojado por completo, asqueroso. Una gotita de excedente se derramaba sobre mi abrigo, y empecé a recordar las noches interminables de triduo pascual, donde una oración latina sucedía a otra sin término, y en las que montones de fieles yacían arrinconados contra la sacristía, inconscientes, balbuceando nombres eufónicos de hombres buenos y santos, de algunos terroristas del pensamiento restituidos a dedo, y retahílas de palabras cuyo significado ni siquiera imaginaban, mientras yo le tiraba a mi madre de la manga de su abrigo para que me llevara a casa; las tardes de domingo sin fútbol; los días y días de estudio infructuoso en la universidad, donde los cálculos y planteamientos de problemas de examen tipo agotaban decenas de folios en sucio y esquinas de libros obsoletos sin el menor interés; las noches de fiesta que preparaban un grupo de gente de mi colegio y a las que no me invitaban, cuando adolescente, y las noches en vela, yo tirado en mi cama sollozando lágrimas de rabia egoísta. Transcurrían horas y horas de tormento por el rechazo sufrido, en las que releía cómics de la serie de Astérix hasta la cinco de la mañana, renegando así del placer de nuevas lecturas, que no hacían otra cosa que agravar mi aislamiento; a veces, invadido por un ataque de furia, rompía diez páginas del cómic de golpe, con un violento desgarro. Las jornadas de desesperación en la travesía por el desierto ardiente y púrpura de la soledad y la pena, encuentros fugaces con tribus nómadas y polígamas de tuaregs, montados en dromedarios y portadores de tesoros inigualables de los que no consentían en cederme al menos una migaja, la vuelta al camino sin rumbo y la caída de la noche fría de tormenta, dormir solo y desnudo, enterrado bajo la arena. Despertar solo de nuevo y proseguir los mil y un kilómetros que no habrían de llevarme sino a ninguna parte, un lugar donde todo se aprende a apreciar en su carencia, donde triunfa la alabanza de la ausencia y la soledad, de la ignorancia; donde se execra la indigna abundancia y el erudito no sabe hacer más que mear, cagar, comer y beber y abrazar la desnudez de todos los que le rodean, pues allí nadie lleva prenda alguna.

Examiné mi propia desnudez, una desnudez ficticia y alevosa, un triste ropaje de inquina y soberbia que me apartaba de la búsqueda de mí mismo y más aún, de mi propio cuerpo. Había sacrificado la consciencia del ser propio y el amor al ajeno tras un anorak plumífero de Peacock’s. A cambio había obtenido resguardo del frío, y dos bolsillos donde guardar un teléfono móvil con la pantalla rota y un gurruño de celulosa impregnado de baba y mocos. Recordé el trayecto de autobús junto a Lynn, esa hora deliciosa que habíamos compartido por la tarde, esa conversación fluida y entregada, repleta de signos, las risas, nuestras manos agarradas fuertemente entre los asientos, las piernas y labios trémulos, sus ojos brillantes y el cristal empañado del autobús. Me estremecí de alegría y las tristezas se desvanecieron con el rumor de su recuerdo. Yo tenía que encontrarla; tenía que encontrarla para amarla, para amarla a ella y a todos, y para amarme también a mí mismo. No necesitaba más que eso, descorrer el cerrojo de la envidia y el recelo, y deslizarme bajo las sedosas cortinas de la ternura. Me imaginé buscando a Lynn en el mercado de Brick Lane en menos de cuarenta y ocho horas, y encontrándola sorpresivamente detrás de un puesto de bagatelas, velas, perfumes y demás. Yo me deslizaría a sus espaldas, le quitaría la gorra, saldría corriendo y ella gritaría y correría detrás de mí. Entonces yo me daría la vuelta, descubriéndome, y volveríamos a correr, persiguiéndonos por todo el mercado y tirando cajas de fruta y de discos de vinilo a nuestro aturrullado paso, para acabar abrazándonos en el parque, retozando y riendo, derrengados e impregnados de briznas de hierba que arrancáramos en nuestro rodar.

– Perdone, ¿le importuno?

El sobresalto fue tremendo. Mi cabeza golpeó la pared y mi cuerpo entero convulsionó de forma brutal. Me recosté de medio lado, encogido, y me tapé como pude.

– ¿Qué hace usted? ¡Aléjese!

Aquella voz me había hablado desde las escaleras. Y me había sorprendido…oh, Dios mío, no me lo podía creer. Me moría de vergüenza.

– ¡Pero me ha visto usted!

– ¡Qué más da! ¿Qué se cree, que no he visto uno de ésos en mi vida? Venga, rápido, tápese que subo.

– ¿Quién es usted? ¿Vive aquí?

– ¿Quién voy a ser, hijo mío? Creía que me esperaba…Soy Jacqueline.

25
Dic
08

Un piso en Holborn

Bajé del autobús. El frío era muy intenso y penetrante. Me dirigí a la estación de metro de Holborn, donde me había citado con Jack, el dueño del piso -que esta vez era un ático abuhardillado de cincuenta libras a la semana-, a las cuatro y media de la tarde. Aunque me importaba un comino, el jodido Jack; deseaba que Jack no fuera Jack, sino la encantadora Lynn, que había llegado tarde a clase y prefirió coger un taxi para cazarme en Holborn.

Rápidamente llegué a la estación, que distaba sólo un par de minutos de la parada de autobús. Me apoyé contra la pared y miré el reloj. Las cuatro y cuarto. Encendí un cigarro y me dispuse a esperar a Lynn, que llegaría corriendo, y seguramente toda sudada. Pero eso era lo de menos.

No tenía guantes. A las pocas caladas el frío ya había secado mis manos, y me puse a temblar. Estremecido hasta el tuétano, abandoné el cigarro en mis labios e introduje las manos en los laterales de mi abrigo. Cuando rozaron la cremallera del bolsillo derecho sentí un fuerte escozor. Con cuidado saqué mi mano rígida y contemplé las decenas de pequeñas grietas. La carne reseca, yerta, cuarteada, blanca como el fregadero calcáreo de la casa de vacaciones en el invierno desierto. Los sabañones me cubrían los nudillos, la piel entre los dedos, y minúsculas gotas de sangre brotaban de ellos, titilantes.

Acerqué la mano a la boca e intenté atrapar el cigarro, pero se me escurrió, adherido a mis labios también secos por el frío. El capullo se desprendió y quedó atrapado entre mis dedos índice y medio, abrasándome. Agité la mano con fuerza hasta que logré despegarlo. El resultado del desafortunado percance fue una quemadura dolorosísima justo encima de los sabañones. La mano me ardía; pensé en comprar una crema hidratante de inmediato. Sin embargo, la prioridad en ese momento era el alquiler de una habitación; no podía gastar ni un penique antes de saber cuánto iba a pagar. Inmensamente fastidiado, recurrí a la solución más práctica: chuparme las manos con fruición, como un cachorrillo, y ya no sólo sobre la quemadura; en parte como medida preventiva, en parte por instinto, lamí todas las pequeñas heridas que cubrían mis manos.

Creo que verdaderamente empecé a disfrutar de esta operación allá por el nudillo medio de la mano izquierda, o quizá en el hueco entre el medio y el anular. Confieso que me producía un extraño placer. Cerraba los ojos y me imaginaba succionando las manos y los pies de Lynn. Ella se revolvía y reía, por las cosquillas y por el tierno placer que yo le daba. Yo me mojaba los labios y los aplicaba sobre los sabañones. A continuación rozaba ligeramente la piel con la lengua, en huecos y nudillos, por toda la superficie de la mano, y luego la desenfundaba completamente y lamía en todas direcciones. Sentía entonces que lamía el torso de Lynn, sus pechos y su cuello. En todo momento me aseguré de impregnar por completo las zonas más lastimadas. Luego, para recrearme otro poco, daba la vuelta a la mano y barría igualmente su espalda, salivando sobre cada resquicio, procurándome enorme alivio. Cuando más entusiasmado me encontraba en estos húmedos pasatiempos, una voz que no conocía pronunció mi nombre.

– ¿Jose?

Levanté la vista. Cruzando un paso de peatones, aún a cinco metros de distancia, un hombre de mediana estatura y raza blanca se me aproximaba. Iba muy abrigado: trenca negra, pantalones golfistas de pana gris marengo y zapatos de ante abotinados. Completaban el atuendo un sombrero de piel negra al estilo ruso y un par de guantes de lana gruesa. Sus rasgos eran finos y estilizados; le conferían cierta apariencia juvenil, aunque no tendría menos de treinta y cinco años. Podría incluso decirse que era un tipo guapo, con una belleza muy singular, un tanto femenina. Sonreía con una mueca amplia y seguía avanzando hacia mí. Desde que pisó la acera me extendió su mano inflexible, con manera de androide. Con presteza y disimulo busqué en mis bolsillos algo con que enjugar la mía; encontré un kleenex usado, del que me serví para estrechársela con pulcra ceremonia.

– Supongo que es…- le dije-.

– Jack. Soy Jack. Encantado.

Jack y yo nos dábamos la mano.

– ¿Lleva mucho tiempo esperando?

– No demasiado. Un cigarro…

– Y unas abluciones, por lo que he podido ver. ¿Es usted religioso?

– Sin serlo he estigmatizado. Sanaba mis heridas.

– Eso me tranquiliza: algunos no entienden que la fe es poco más que el vehículo ideológico para un fetichismo sofisticado, lo que es aún más oscuro que el fetichismo puro y desnudo.

– Perdone…no le entendí.

– Es igual, bromeaba.

Quince segundos después, mi mano intentaba zafarse de la suya intentando no parecer demasiado descortés. Durante todo ese tiempo, Jack me miró fijamente con toda desvergüenza. Además, había pronunciado la palabra ‘desnudo’, lo que tratándose de nuestro primer encuentro se me antojaba un tanto…atrevido. Sus cejas eran estrechas y afiladas, seguramente depiladas. Sus labios eran también finos. Su sonrisa permanente, pergeñada con rótulo y brillo de barniz. Mi sonrisa, porque naturalmente, yo le había correspondido de inicio, había trocado ya en un gesto a medio camino entre el desconcierto y el asco. Jack me resultaba profundamente desagradable.

– Bueno, podríamos ir hacia el piso que quería usted enseñarme…- le dije gravemente-.

– Sí, sí, claro…- Jack soltó mi mano y recompuso la sonrisa. Ahora su gesto era mucho más adusto-. Vamos allá. Se encuentra en Lamb’s Conduit Passage, apenas tres minutos a pie.

Todo el camino lo hicimos en silencio. Yo no quería hablar, me sentía demasiado incómodo tras el apretón de manos con Jack, que por su parte, parecía ofendido y andaba con rapidez, de forma que yo seguía prácticamente su estela. Qué duda cabe, había sido una situación bastante embarazosa.

Pronto llegamos a Lamb’s Conduit Passage, un callejón estrecho y desangelado al que accedimos por Red Lion Street. La escasa luz que lo iluminaba iba perdiéndose gradualmente hasta el centro del callejón, donde había un punto ciego que abarcaba varios metros. Más allá, se intuía algo de luz oblicua arrojada desde Red Lion Square. Los muros eran del típico ladrillo inglés, marrongrís oscuro, deprimente, evocador de montañas de carbón alineadas en apartaderos de ferrocarril abandonados, máquinas de vapor grasientas, cadenas submarinas de enormes eslabones oxidados, cloacas infectas, miseria pestífera y ciclos de reciclaje inconclusos, tuberías de plomo huecas y cena rancia de cuchara; el suelo, de asfalto plano. Un fuerte olor a pescado, a carne de cordero y a especia picante flotaba en el aire. Procedía de varias puertas traseras de restaurantes cuyas entradas debían dar a Theobald’s Road, la avenida adyacente. Enfrente de una de ellas, un montón de cajas de cartón y bolsas llenas de desperdicios dejaban el espacio justo para el trasiego de los residentes. Después de franquearlo, vi a dos empleados del restaurante haciendo su break, escondidos donde la pared ahocaba. Uno de ellos era un chico negro, bajo y muy nervioso que estaba de espaldas; el otro, un tipo enorme con delantal de cocinero, el pelo cano y recogido en una coleta, y un arete dorado en la oreja derecha, que estaba apostado junto a la puerta, de cara al callejón. Era blanco, probablemente de un país del este, y tenía un aspecto muy rudo. Ambos fumaban y bromeaban; el chico negro parecía divertir mucho al cocinero. De repente, el cocinero murmuró algo a su compinche. Yo, que los observaba de reojo, advertí que éste se volvía hacia nosotros, dejando escapar una risita. Entonces los miré descaradamente, con muy mala gana. Cuando lo hice, los dos apartaron la vista y volvieron a conversar y a reír. Su actitud chismosa e indiscreta me mosqueó aún más.

Proseguimos y cuando nos internamos en la zona más oscura del centro del callejón, Jack giró a la derecha y yo tras de él. Abrió una cancela de bisagras chirriantes, pesada y maciza, sobre cuya superficie temblaban las capas de cascarilla verde de varias manos de pintura, gastadas y desgajadas del hierro por la humedad, y se volvió hacia mí.

– Le acompaño hasta el primer piso, que es donde yo vivo. El suyo está al final de la escalera.

Encendió la luz mostrando una escalera metálica que hacía recodo hacia la izquierda a los cinco escalones. Los dos subimos a la primera planta; pero yo no me fiaba. ¿Qué significaba eso de que no iba a acompañarme? Nunca se vio peor actitud a la hora de alquilar un piso. Yo ya había pasado suficiente mal trago con la anterior visita, y no estaba dispuesto a repetir.

– Pero, ¿por qué no me acompaña? ¿No podría hacerme el favor? Verá, ya he visitado algún piso, y mis experiencias no han sido del todo agradables…

– Sí, claro. Jacqueline lo hará. Yo estoy muy cansado, voy a ducharme. Ella subirá en unos minutos. Usted suba, suba.

– Insisto…

– Lo siento, le aseguro que no puedo más. Necesito un reposo. Créame, mi esposa le acompañará en pocos minutos. Además, la escalera está bien iluminada. No sea usted miedoso.

Este detalle me tranquilizó, y acabé por ceder. Al menos contaría con iluminación, y no habría que temer accidentes. Subimos otros cinco escalones para llegar a la primera planta. Girando de nuevo a la izquierda dimos con los aposentos de Jack, que abrió la puerta y se despidió de mí con desmayo.

Lenta y cautelosamente, con los ojos bien abiertos, puse el pie izquierdo en el primer escalón que conducía a la segunda planta.

Y luego el derecho. De nuevo el izquierdo. Continué subiendo hasta la segunda planta. Volví el recodo y llegué al quinto tramo de escaleras.

Miré el primer escalón y puse en él mi pie izquierdo. Avancé.




Evolución del enfermo en respuesta al tratamiento

diciembre 2016
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