11
abr
09

jacqueline

En esta ocasión sí que oí sus pasos. Primero golpeando el suelo con firmeza, cuatro o cinco escalones. Luego arrastrándose otro poco, parsimoniosos, a lo largo del enlosado, hasta clavarse junto a mí. Su perfume pesado, cargado de sudor, invadió mi nariz y me revolvió las tripas.

 

Yo continuaba agazapado bajo mi abrigo, tumbado sobre el costado derecho, la pierna derecha extendida y la izquierda recogida, como una jugadora de voleibol adolescente a la que la pelota sacudiera violentamente en un lance del juego, conmocionada y fuera de toda realidad. Sólo mis ojos eran testigos del fantasmal decorado, curioseando aquí y allá, posándose en las escaleras, deslizándose lánguidos y pesados por el suelo blanquinegro… Una pelusa revoloteó mansamente hacia la puerta, y allí quedó atrapada entre el umbral y la hoja. Me sentía el único espectador de una aterradora sesión de diapositivas en la que alguien hubiera deslizado de repente una imagen equívoca, incoherente con el resto de la secuencia, con el sólo objeto de desconcertarme. O puede ser que lo hiciera por error. Mi cuerpo también lo notaba congelado, aunque sin darme cuenta había logrado abotonarme los pantalones manipulando la bragueta con el pulgar y el índice de la mano derecha, como un autómata borracho. Después me llevé el puño cerrado a la boca, y allí lo dejé, humedeciéndolo con los labios. La mano izquierda seguía abandonada entre mis piernas, pero más que acariciar ya mis genitales, los cubría ridículamente. El cinturón permanecía desabrochado, con uno de sus extremos cayendo hasta el suelo. Exceptuando una vergüenza que me brotara refleja y por cuya causa toda la cara -y las orejas especialmente- me quemaba con un rubor febril, había quedado reducido a un bulto negro y opaco, insensible y muy susceptible de ser pateado. Escuché su voz.

 

- Así que es usted Jose.

 

No respondí. Aturdido por la obscenidad de mi acto, no, por ser descubierto, me debatía en silencio contra el rosario de irrealidades que percibía a mi alrededor, desde la melosa voz que se dirigía a mí hasta el tosco e inacabable infierno cúbico donde llevaba atrapado más de cinco horas. Estaba seguro de haber perdido algo por el camino. Qué carajo hacía yo allí. Y quién era esa mujer. Todo aquello era un error.

 

Se inclinó sobre mí y me tocó en el hombro.

 

- ¡No me toques! ¡Apártate de mí! – grité, saltando como una ardilla hacia la esquina más cercana. Apreté fuertemente mi espalda contra la pared-.

- ¡Eh! No debes asustarte. Lo que ha pasado no lo vio nadie. Ahora cálmate y sigamos hacia arriba.

- ¡Yo no voy a ninguna parte! ¡Es usted el mismo demonio! ¿Qué hago yo aquí? ¡Debería estar muy lejos! ¿Y cómo me ha encontrado usted? ¿Quién es? ¡Quiero salir de este sitio inmediatamente!

- Eso es imposible. Tenemos una conversación pendiente. También tengo que enseñarte el piso. ¿No lo recuerdas? Viniste aquí a verlo…

- ¡No! ¡No lo recuerdo! Y ahora déjeme en paz, yo aquí no he venido a hacer nada…¡Quizás lo creí! ¡No sabía lo que hacía! Pero yo estoy buscando otra cosa, y no voy a perder ni un minuto más en esta pesadilla de edificio.

 

Me erguí y eché a andar hacia ella, con la intención de volver escaleras abajo y escapar de allá como fuera.

 

- ¡Y no me importa qué demonios quisiera decirme usted!

 

Interceptó mi camino, agarrándome las solapas del abrigo a la altura del pecho. Ni mucho menos estaba por la labor de permitirme seguir adelante.

 

- ¡Un momento! Tenía muchas cosas que decirte. He pasado tanto tiempo esperando…pensando en qué te diría, en cómo afrontaría esta conversación. En cómo te persuadiría de… ¡y ahora me vienes con que quieres irte, con que no sabías nada, y esa sarta de insensateces! ¿No te ha enseñado nadie que no puedes desairar a una dama así como así? ¿Cómo crees que puedo pasar por eso? ¡Ah, no, tú te vas a quedar! Y te pongas como te pongas, vas a escucharme, y tendrás que conocer mi secreto. ¡Ah, Dios sabe que lo harás!

- ¡Aparta de mi camino, zorra! No voy perder un minuto contigo – y me desasí de ella, empujándola brutalmente hacia la pared y disponiéndome a bajar las escaleras-.

 

Pero cuando creía que por fin estaba libre, a punto de poner mi pie izquierdo en el primer escalón, súbitamente la sentí correr hacia mí. Entonces me arremetió entre chillidos de furia animal, saltando con violencia sobre mi espalda, agarrándome con las manos por el cuello y el abdomen y anclando sus piernas en mis muslos, como un guerrero caído ataca por sorpresa al que, ufano, creía ya celebrar la victoria. Perdí pie y me arrastró escaleras abajo, y mientras volábamos hacia el rellano me vi inevitablemente aplastado contra la pared, bajo el peso de la caída y de su cuerpo pegado contra mi espalda. Sin embargo, con la ayuda de unos reflejos milagrosos, logré pisar el cuarto escalón y doblar la rodilla, precipitando nuestros cuerpos sobre el suelo, donde habíamos de caer mucho más suavemente. Pero de alguna forma, al hacerlo ella salió despedida hacia la pared. Justo cuando yo aterrizaba, golpeándome la rodilla con el último escalón y la mitad izquierda del rostro en el suelo, escuché cómo su cuerpo hacía retumbar la pared apenas a medio metro de mí. El golpe fue terrible, seco y sonoro, y me alarmó.

Mi primera reacción fue palparme la cara. Me ardía la mejilla; a la caída había seguido un fuerte raspón con el suelo, y la sentía en carne viva, un escozor bárbaro. Me imaginaba mi cara después de haber vertido un vaso de ácido sobre esa mejilla, la carne corroída sobre el hueso desnudo y visible. En la rodilla había sufrido también un golpe terrible, con el canto del escalón, y justo en el centro de la rótula notaba el pico de dolor, un brote epicéntrico localizado exclusivamente allí, confinado dentro de mis vaqueros y rozándolos dolorosamente. El calor que se nota enfermo y agudo, parlante y dentado, enviándote ondas vibrantes de puro dolor a lo largo de toda la pierna. Tardé algunos segundos en reaccionar. 

Nada oía a mi espalda. Intenté girarme, muy lenta y torpemente, aún conmocionado con el golpe. Lo hice sobre mi lado izquierdo, para evitar realizar el más mínimo esfuerzo con la pierna lastimada. Vi entonces a aquella mujer, inmóvil junto a la pared, despatarrada y con los ojos clavados en alguna parte de las escaleras, idos, inexpresivos, secos. Muertos. La agarré entonces por los hombros, y la agité muy delicadamente, sólo un par de sacudidas. Miraba detrás de mí. Muertos. No podía ser. Muertos. Puse mis manos sobre su mejillas, y moví su cara a un lado y otro. No reaccionaba. Pasé entonces mi mano derecha por detrás de su cabeza, y noté la sangre caliente corriendo apresurada hacia el suelo, por su nuca y espalda, por mi mano y sobre mi abrigo, muerta, estaba muerta, y yo había sido el máximo responsable, ¿cómo podía? Pero… ¿y qué quería ella de mí? ¿por qué actuó de aquella forma tan violenta? ¡Ella era la culpable! ¡Sí, ella lo era! Pero, ¿quién no diría que yo la ataqué? ¿Qué podía alegar yo ante este desgraciado accidente? ¡Si ni siquiera sabía lo que hacía allá! Era todo tan confuso. Recordaba a Jack. Jack…Jack conduciéndome a través del estrecho pasaje hacia el edificio. La mano de Jack, y su mirada reptil acosándome, lujuriosa. Mi turbación…los sueños…la mano de Jack estrechando fuertemente la mía…mi número de teléfono en el registro de llamadas del móvil de Jack…el cocinero y el negro observándome desde la puerta de servicio de aquel restaurante… 

Estaba atrapado, sí, lo estaba. Todos creerían que yo la maté. No podía hacer nada. Sólo correr. Tenía que huir. ¿Cómo? Era en esos momentos presa de los mayores nervios, allí estaban, por todo mi cuerpo, exaltados y paralizantes, agazapados en el interior de mi rodilla, quebrándome la pierna, ordenándome parar, no moverme, pero tenía que irme de allí, el litigio no cesaba, y comencé a llorar, abrasado por la tensión y la emoción. Logré finalmente agarrar el pasamanos y con su apoyo me erguí frente al siguiente tramo. No podía derrumbarme. Tenía que salir, salir, salir de ahí, ¡y hacerlo pronto! Puse mi pie derecho en el primer escalón. Adelanté la pierna izquierda después, ardiente, me chillaba que no lo hiciera, pero lo hice. La planté en el segundo escalón, y dolió mucho, pero no tanto como esperaba. Me palpé la rótula. Quizás sólo fuera el golpe. Debía ser paciente y salir de allá como un tiro. Luego ya me cuidaría de la pierna. Ya habría tiempo.

Y con decenas de fugaces imágenes invadiendo mi cabeza, avasallándome una tras otra, milésimas aportaciones irreconocibles, todas punzantes y huidizas, con ellas huí, huí, con todas esas visiones refractarias acariciándome voluptuosamente, borrosas a través de bien un cenicero, bien una hipodérmica o un cristal de mil aristas, la sangre sobre el espejo, Lynn a través de un ventanal roto a cinco metros de altura, marañas de polvo pegajoso sobre mi piel, puertas viejas sin pomo, carteles colgantes sobre un solo clavo, miembros exprimiendo su sudor en el interior de jarras de cristal grueso, aberraciones peregrinas y oscuras que me torturaban sin piedad.

Llegué por fin a la planta baja y busqué en los bolsillos de mi abrigo. Ya no tenía más medicación. Abrí la puerta y corrí, corrí, corrí…

Y dejé atrás Lamb’s Conduit Passage, y Holborn, y con la noche acechándome me precipité en Old Street, y de ahí, sin saber cómo, acabé en el barrio de Whitechapel, extenuado y sombrío. Allí me paré y me encendí un cigarro.

El humo se confundía con el vaho de la respiración en la humedad de la fría noche de Londres.

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