23
Nov
08

informe de ingreso

Queridos lectores,

Ante el elevado número de protestas que ha levantado la congelación provisional del blog, en formas variopintas como: groseras cartas de amenaza, empleando eventualmente términos tan obscenos que harían ruborizarse a un albañil; envíos postales certificados de paquetes conteniendo huevos podridos, cintas de John Waters e incluso un ejemplar del último álbum de estudio de “The Saturdays”, con las firmas de las componentes del grupo puerilmente falsificadas sobre la portada; manifestaciones de grupos minoritarios de naturaleza extremista frente a las instalaciones de este muy honorable centro; alusiones directas o indirectas, pero inequívocas, de participantes en concursos televisivos nocturnos de cadenas locales; lanzamientos de objetos peligrosos ó desagradables de todas las clases contra las fachadas y cristalería de nuestro edificio: excrementos, dos pitones de bicicleta, varios paquetes de salchichas rebajadas por rebasar el límite de su caducidad, cuatro ladrillos, un par de patines viejos, un martillo neumático, etcétera…la gerencia del cotolengo asume la responsabilidad de la situación y se compromete a intentar satisfacerles como lectores, proveyéndoles de acceso a materiales de archivo inéditos del cotolengo, incluso vulnerando para ello el secreto médico en lo concerniente al sr. Cagneyzares.

En esta nueva y moderna línea de actuación, cuya única motivación es granjearme cobardemente su confianza, les adjunto un  extracto del informe redactado por el doctor Cameron Colpitts-Doyle con fecha del 21 de Octubre, día de ingreso del paciente en el cotolengo. En él se atienden a las causas del ingreso del sr. Cagneyzares así como a otras cuestiones de relevancia, la mayoría de ellas insignificantes:

“El paciente E-3093874, que dijo llamarse sr. Cagneyzares, apareció en nuestro centro ayer, día 21 de Octubre de 2008, a las cuatro y media de la tarde, horario de Greenwich. Lo hizo sin cita previa, desaliñado y vestido con andrajos. Pantalones rotos a la altura de la rodilla y manchados de grasa, barba descuidada, gorro con orejeras recordando a Ignatius J. Reilly, camisa de pana roja a cuadros y, debajo de la misma, camiseta negra con motivos de la película “La matanza de Texas”. Su aspecto era similar al de un mecánico o leñador de un pequeño pueblecito rústico de la Norteamérica profunda; cualquiera hubiera dicho que estaba a punto de ser atacado por un muerto viviente. Sus primeras palabras fueron:

- I’m looking for a job.

Inmediatamente comprendimos que sufría un grave problema. Su manifestación era, claramente, un delirio de grandeza.

El doctor John G. Bowen como acompañante y yo, doctor Cameron Colpitts-Doyle, como jefe de la guardia de ese día, le propusimos sentarse. Sostuvimos con él una conversación extraña y poco esclarecedora. No paraba de hablar, a menudo de asuntos intrascendentes o ilusorios como sus cereales favoritos, su deseo de encontrar un piso barato en el centro de la ciudad o la conveniencia de cocinar el cous-cous según las instrucciones de la caja. Saltaba de un tema de conversación a otro sin la menor coherencia, y respondía a nuestras preguntas con otras preguntas que no venían al caso. Advertimos la confusión en su rostro: miraba a un lado a otro, se mordía las uñas, sonreía y al instante fruncía el ceño, cruzaba y descruzaba sus piernas constantemente. Percepciones fragmentadas y alucinatorias. Comportamiento desorganizado e improcedente.

En un momento dado nos preguntó si podía salir durante unos minutos, cosa en la que consentimos. Salió a la calle; nosotros permanecimos sentados, observándole con atención. Una vez fuera, quedóse instalado en una especie de estado catatónico que duró siete minutos. Dicho trance consistía en una serie de movimientos rituales perversos: prendió fuego a un palito y se lo llevó a la boca; después lo alejaba y lo volvía a llevar a la boca, expulsando, en los intervalos entre chupadas, humo espeso por boca y orificio nasal. Repitió esa rutina unas trece o catorce veces. Cuando volvió, apestaba terriblemente. Según apuntó con posterioridad, se trataba de un simple cigarro. Prácticas desagradables y antisociales: posible acentuación de la enfermedad por el uso de drogas prohibidas.

Le propusimos quedarse unas semanas en el centro, para estudiar su caso en mayor profundidad. Nos preguntó si la pernocta era gratuita, a lo que asentimos, no sin extrañeza. Entonces él estuvo de acuerdo, incluso se mostró tremendamente agradecido y dispuesto a cooperar. De inmediato procedimos a su ingreso.”


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